Cuando un azulejo, se posó sobre el hombro
de una estatua semiarcaica, a la que le faltaba una pierna.
El azulejo se posó y cantó…
Y las estrellas dejaron de centellear, solo para escucharlo,
las hojas que caían frenaron su descenso…
porque el tiempo,
Se quedó absorto y maravillado por tal belleza.
Las vidas de los artistas se hicieron menos pesadas
y las nubes bajaron a la tierra en forma de una niebla espesa
cubriendo, los parques y los bancos, las calles… y los ríos.
Y lo hicieron con el único propósito,
de escuchar más cercano,
el canto de aquella criatura azulada.
¡Pero amante no escuchó ese canto!
había cambiado su oído por una escritura de oro
y se había sentado junto a la estatua, sin percatarse de lo que sucedia,
entonces, el azulejo canto más fuerte y con mucho más esmero
y las estrellas se consumieron a sí mismas de tanto estupor;
y las hojas estallaron en pedazos, por la presión de la beldad verdadera.
El tic tac del reloj, se congeló para siempre;
estaba tan a gusto, que decidió por cuenta propia
jamás volver a marchar.
De los sentidos de los artistas surgieron las más bellas manifestaciones,
unas nunca antes, ni después, nacidas de humano alguno,
-pero aún así- no llegaron a igualar el canto del azulejo.
Las nubes que antes habían bajado,
en forma de niebla espesa
Se cristalizaron.
y encarcelaron perpetuamente,
los parques y los bancos, las calles… y los ríos.
Aun así,
amante siguió sin escuchar al azulejo.
amante siguió sin escuchar al azulejo.
Entonces, este se corrompió por la codicia;
se tornaron negras sus plumas y su pico se hizo largo
y cuando intentó cantar, solo surgió un graznido.
Amante se levantó,
y allí,
junto a esa estatua semiarcaica
a la que le faltaba una pierna,
sacó una pluma dorada,
impregnada de tinta azul
y atravesó el corazón del cuervo.
¡Era de noche!








